Muñiz recomienda empatía y un nuevo contrato social ante la convulsión económica y política

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Manuel Muñiz propone una “era de empatía y un nuevo contrato social” ante los cambios de la economía y la convulsión política que vivimos. Así lo destacó ayer en el marco de las jornadas organizadas por la Fundación Ciudadanía y Valores (Funciva) y UNIR sobre Globalización: desafíos y oportunidades, dirigidas por Manuel de la Rocha. Muñiz, director del Programa de Relaciones Transatlánticas de la Universidad de Harvard y profesor del IE, disertó en UNIR sobre Desarrollo tecnológico y fractura del contrato social.

En el transcurso de su exposición se mostró optimista porque los cambios tecnológicos, a medio y corto plazo, suponen más oportunidades que pegas. Hay ya mismo millones de puestos de trabajo en Europa que no se cubren pero “por falta de cualificación”. A la vez, denunció fenómenos tales como el talante pesimista de los votantes de Donald Trump (“que se informan a través de la TV, no de internet”), el antielitismo y el hecho de que “los bárbaros” estuvieran “a las puertas de nuestros sistemas políticos”. Muñiz sostuvo que el desempleo por sí mismo no explicaba el voto antisistema. En los EE.UU, por ejemplo, a Trump lo habían votado sobre todo los que tenían “empleos de poca calidad, rutinario”. Se quejó de lo “sordas que han estado nuestras elites” en especial “sobre lo que le estaba pasando a la clase media”.

El profesor de Harvard se mostró partidario del carácter representativo de la democracia: él, por ejemplo, era incapaz de entender los términos de los tratados de libre comercio, pero eso no quería decir que fueran malos: más bien al contrario. Algo parecido ocurría con el papel que juega la UE: se ocupa de cosas complejas pero necesarias, aunque eso ofrece un fácil flanco de ataque populista.

El orden liberal había generado riqueza y seguía generándola, tanto para los países emergentes y en desarrollo como para los desarrollados, pero hay un grave “problema de equidad” que es necesario corregir. Defendió que el problema demográfico no era tal: el problema era de productividad.  Y si en China mismo se despedía a trabajadores cuando la tecnología mejoraba: “Muy difícil lo va a tener Trump si quiere imponer un sistema proteccionista”.

En realidad, a los estados se les había pedido cada vez más, “ampliando el concepto de dependencia”. La tendencia estaba bien si se podía contrarrestar con más productividad.

Insistió en que había que “recalibrar la fiscalidad”, la “distribución de la riqueza”, con mecanismos distintos de los salarios. Apuntó ideas como que las empresas no se guiaran solo por el máximo beneficio, con que el Estado entrara en empresas rentables, etc.

Otros grandes retos a la vista, aunque también suponían una oportunidad para la mejora: el Brexit y el debilitamiento del orden comercial mundial, y sobre todo, “quizá la consecuencia más grave”, “la pérdida de fe en la democracia: ya no se ve tan esencial vivir en una democracia”.

Los asistentes al acto fueron (además del anfitrión, Alberto Ruiz-Gallardón, presidente de Funciva, y del director de la jornada, Manuel de la Rocha): Diego Rodríguez Palenzuela (Banco Central Europeo), Andrés Ortega Klein (Instituto Elcano), Fernando Fernández (IE Business School), Carlos Álvarez Pereira (presidente de Innaxis), Miguel Otero (Instituto Elcano), Bruno Estrada (adjunto al secretario general de CC.OO.), Erika Rodríguez Pinzón (UAM), Miriam Montañez (BBVA Research), Rocío Martínez Sampere (directora de la Fundación Felipe González), José Luis Curbelo (investigador del CSIC), Jochen Müller (analista de la UE), Juan Moscoso (Consejo Económico y Social), José Antonio Sanahuja (UCM), Juan Bosco Martín Algarra (periodista), Manuel Herrera (catedrático de Sociología, UNIR) y Pedro Serna (vicerrector de UNIR).

José Luis Curbelo añadió a las ideas de Muñiz que el estado de bienestar no había resuelto la crisis fiscal. Los estados no estaban recaudando como se debiera para sostenerse y para mantener los servicios sociales, y esto era “un problema de difícil solución”.  Bruno Estrada se quejó de que los sectores que creaban más riqueza fueran “los menos regulados”. La “pérdida de poder sindical” estaba generando más desigualdades. Por el contrario, en los países nórdicos, los sindicatos gozaban de buena salud, “no pierden afiliados”.  Los sindicatos seguían siendo necesarios porque “crean sociedad y crean fraternidad, generan cemento social”.  Fernando Fernández subrayó el factor de la globalización, que había “echado de menos” en la exposición primera de Muñiz. Estábamos, en realidad, como cuando la revolución industrial. Se han creado diferencias extra de renta por los monopolios, pero esos monopolios también caerán. El verdadero problema era el de la distribución de la renta. A los colectivos más castigados fiscalmente se les pedía más impuestos. “Los viejos están más protegidos que los nuevos que llegan al sistema”.  Carlos Álvarez Pereira puso un acento crítico al liberalismo, que no podía convertirse en “pensamiento único” que beneficia solo a los poderosos. Introdujo la dimensión medioambiental en el debate. Y denunció el papel del peso de las finanzas, la “riqueza financiera”, “no real”. Estaba el problema de los estados endeudados profundamente, lo que pone a la vista un panorama “de dolor”.  (El mismo Muñiz dijo que desconocía de verdad cómo funcionaban las mercados financieros, “hay algo oscuro, chocante”, en todo eso, sostuvo). Rocío Martínez Sampere confesó que el asunto del contrato social será complicado, puesto que no es un problema de elites solo, sino “un asunto político”, y por lo tanto mucho más complejo.

Terminó la sesión Muñiz respondiendo una pregunta online de una alumna colombiana. El profesor español explicó que los países en desarrollo tenían problemas especiales, porque antes el recorrido normal era industrializarse, pero ahora con los cambios tecnológicos, en países como Indonesia, también en Colombia, había que desindustrializar antes de apuntarse a la nueva era.

José Grau

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