Mucha gente hoy piensa que la visión de la sexualidad que inspira la moral cristiana es una colección de normas más o menos absurdas e incompatibles con la felicidad personal. No es así.

La moral cristiana en este campo:

  1. Es una sabiduría práctica sobre cómo ser óptimos en la gestión de nuestra sexualidad y, por tanto, sobre cómo ser felices siendo mejores personas.
  2. Es una propuesta que se hace desde nuestra libertad a la libertad de los demás; no supone ninguna imposición para nadie.
  3. Está cargada de razones y muy vinculada a la experiencia; no tiene nada de arbitrario, aunque esas razones –como es obvio- se pueden compartir o no.

Algunos presupuestos antropológicos de la visión cristiana de la sexualidad

  • La sexualidad sí importa.
  • Tú eres tu cuerpo, aunque éste sea un cuerpo espiritualizado, como tu alma es un alma corporalizada. Por lo tanto, lo que le pasa a tu cuerpo te pasa a ti; tú eres, también, tu cuerpo.
  • Tu cuerpo es sexuado, es el de una chica o chico. Por tanto, tú eres tu sexualidad y lo que haces con tu sexualidad lo haces contigo mismo.
  • Nada de lo que haces con tu sexualidad queda fuera de ti mismo; sino que pasa a formar parte de ti. El cuerpo tiene memoria: si dejas que alguien use tu cuerpo, estás dejando que te use a ti; si alguien mira tu cuerpo como un mero objeto para su satisfacción te está mirando a ti como algo usable, como una cosa; si exhibes tu cuerpo como tu único atractivo estás reduciéndote a ti mismo.
  • La sexualidad importa tanto como la persona. Lo que no admitiríamos respecto a nuestra identidad personal no debemos admitirlo respecto a nuestro cuerpo sexuado puesto que somos nuestro cuerpo.
  • Tienes que valorar tu cuerpo tanto como te valoras a ti mismo … con todas las consecuencias. Y tienes que valorar el cuerpo de los demás tanto como los debes valorar a ellos. Igual que no te dejarías esclavizar por otro para que use tus sentimientos y capacidades intelectuales para su exclusiva satisfacción, no debes permitir que use tu cuerpo para su exclusivo placer como si de un objeto se tratase. Quien banaliza su sexualidad o a la de los demás, se banaliza a sí mismo o a los demás.
  • No eres solo tu cuerpo.
  • Tu cuerpo sexuado puedes usarlo para atraer a los demás, que son fácilmente excitables sexualmente. Basta con que exhibas y resaltes las partes más eróticas de tu cuerpo para que alguien babee a tu alrededor, pero así solo conseguirás que se interesen por tu cuerpo y lo deseen para su placer como si de una cosa se tratase. Así no conseguirás que te quieran y te valoren por ti mismo … que eres más que tu cuerpo.
  • En las redes, un link -o miles- a una foto o vídeo tuyos no es nada comparado con lo que tú vales y mereces. No te dejes engañar …
  • La atracción sexual nos da un inmenso poder: podemos usarla para conseguir sexo fácil sin más o al servicio de la capacidad de amar de verdad, pero para eso tenemos que ayudar al otro a respetarnos a la vez que nos desea. Así surge el amor de verdad, el que puede durar para siempre. Si usamos nuestro atractivo sexual solo para obtener la atención de otro o su aparente amor a cambio de satisfacer su sexualidad primaria, eso no tiene futuro y a ti no te aporta nada. Solo ayuda a que te usen … y te dejen –probablemente- tirado una vez usado.
  • Tu cuerpo es para los demás la entrada a tu persona. Hazte atractivo para atraerlos, pero para fundar un amor de verdad; no para que se queden en tu cuerpo y su capacidad de provocar placer a los demás. No eres un instrumento del placer ajeno; eres algo mucho más importante.
  • El enamoramiento es algo que sucede sin decidirlo nosotros; es el fruto instintivo de la atracción sexual, es algo meramente hormonal. En el fondo es algo similar a lo que supone la atracción sexual en la época de celo entre los animales no racionales. El amor entre los seres humanos es otra cosa: es algo de largo recorrido que implica la propia vida y la propia identidad. Nuestros amores -y más aún nuestra actividad sexual- dejan huella en nosotros, no conviene jugar con nuestra capacidad de amar y sexual pues es jugar con nosotros mismos.

El carácter biográfico de la sexualidad humana

1. Nuestra sexualidad nos define genéticamente desde la concepción.

Determina la configuración de nuestro cuerpo en femenino o en masculino, también de nuestro cerebro, ya durante la fase prenatal. Y a lo largo de nuestra vida en virtud de procesos hormonales inscritos en nosotros se van desarrollando las distintas capacidades que nuestro ser sexuado permite, desde las meramente fisiológicas (el paso de la infancia a la adolescencia y a la madurez) hasta las más específicamente humanas (la madurez para amar comprometiendo nuestra persona con todas las consecuencias).

La madurez genital de nuestro cuerpo es un proceso biológico similar al de otras especies y según mecanismos evolutivos que no controlamos voluntariamente, pero la madurez de nuestro cerebro para dirigir nuestra capacidad emocional se produce bastante más adelante en virtud de procesos específicamente humanos. Si ponemos en marcha nuestra capacidad de amar sexualmente con el cuerpo desde que éste es capaz de relaciones sexuales, estamos activando nuestra sexualidad como los animales no racionales, pero mientras aún somos inmaduros para un amor específicamente humano pues nuestro cerebro aún no ha madurado totalmente en sus facultades cognitivas para optimizar nuestras decisiones desde el punto de vista emocional e intelectual. Y las consecuencias son para siempre.

La sexualidad nos constituye, pero es más que la capacidad para copular como hacen las especies no racionales en época de celo, pues es una sexualidad propia de un ser humano, alguien con biografía; y no es razonable activar la parte animal de nuestra sexualidad cuando aún no ha madurado la parte más singular de nuestra condición humana.

2. Ser hombre o mujer no es algo accesorio, sino nuestra identidad.

Ser hombre es tener un cuerpo capaz de producir espermatozoides (aunque puede haber disfunciones y patologías que en ocasiones lo impidan) y ser mujer es tener un cuerpo capaz de producir óvulos (aunque, ídem); es decir, nos define la capacidad esencial de generar vida. Y eso exige una madurez afectiva, emocional y relacional que va más allá de la capacidad para copular, pues implica la responsabilidad de cuidar –o destruir mediante el aborto- esa vida durante mucho tiempo, durante largas décadas.

Por la misma razón que no damos una pistola a un niño desde que tiene capacidad y fuerza con su dedo de apretar el gatillo, no debemos ejercitar nuestra capacidad física de tener relaciones sexuales hasta que no seamos biográficamente maduros para ejercer ese poder –dar vida- con responsabilidad. Y esa responsabilidad exige, entre otras cosas, compromiso estable para acoger la vida nueva que puede surgir. A eso hemos llamado tradicionalmente matrimonio.

3. ¿Sexualidad sin fecundidad?

Hoy es posible una sexualidad sin fecundidad (aunque con alto riesgo de no conseguir ese objetivo pues no hay método anticonceptivo seguro), pero esa disociación es antiecológica y pasa factura en la vida pues nada antinatural es anodino, aunque los efectos solo se vean a medio y largo plazo.

4. «Sexo seguro»

Conviene saber que el llamado sexo seguro no existe: los distintos métodos anticonceptivos disminuyen la posibilidad de embarazo, pero no la eliminan del todo. Un porcentaje alto de los abortos que se producen cada año son de personas que usaban anticonceptivos.

La propuesta moral cristiana

La propuesta moral cristiana es, a la luz de esos datos, la de educar nuestro cuerpo para amar como lo educamos para optimizar el resto de nuestras potencialidades (las intelectuales, por ejemplo) y para ello ir generando desde muy jóvenes hábitos (virtudes) que centren nuestra sexualidad no en el propio placer sino en la posibilidad de amar a otro con nuestro cuerpo en un contexto de apertura responsable a la vida.

A este estilo de vida la vieja sabiduría humanista lo llamó castidad. Y la experiencia demuestra que permite habitualmente construir vidas plenas que crean alrededor de la persona una urdimbre de amor permanente que se abre a otros (los hijos y los hijos de los hijos) y genera con el tiempo ese peculiar estado de felicidad que deriva de amar y ser amados sin sobresaltos.